Mis padres nos subían al tren en Constitución.Argentina año verde, dos menores en el Roca viajando solas.Nos sentábamos Laura y yo en un coche Super Pullman con destino a Mar del Plata.
No me acuerdo de nada del trayecto salvo por los pebetes de jamón y queso que comprábamos en el coche comedor, y que guardaban bajo unas campanas de cristal. Un pebete de jamón y queso con sabor a goma y una coca cola con la botella toda mojada. Estaban guardadas en unas neveras grandes con hielos. Quizás alguna vez almorzamos?
Pasaban las millones de horas.
La imposibilidad de visualizar nada excepto la llegada me sorprende. Memoria en blanco del trayecto. Llevaba la billiken y la anteojito para Laura ¿?
Recuerdo el controlador de billetes, que pasaba cada tanto.
Íbamos de noche?
Recuerdo el pebete y la botella de vidrio de coca cola.
O era de día?
Me sorprende esa ausencia absoluta de recuerdos.
Se de la excitación de estar solas. Y la sensación de absoluta libertad.
Recuerdo no tener ningún temor sólo la incertidumbre, ya cerca de Mar del Plata, de si Miguel y Baby nos estarían esperando en la estación.
Mar del Plata era lo mejor que nos pasaba en verano. Íbamos a estar con mis tíos y sus amigos delirados. A veces mis tíos vivían en Playa Grande, otras en Peralta Ramos y otras en el centro centro.
Del archivo de recuerdos de esas vacaciones tengo muchísimos olores y sabores. Unos hongos inmensos como campanas que había en un terreno frente a la casa de Peralta Ramos. Esa casa pertenecía a un inglés, y tenía, arriba, un cuartito que a mi me fascinaba.
Toros y vacas sueltos por ahí, y un lechero que vendía leche fresca. Mayonesa con polvo de ajo traído de USA por mi tía Baby, los perros y 1 loro.
Hombros rojos por el sol, Sapolán, nadar con Miguel de escollera a escollera, hacer a Laura adivinar cartas, poner Diana Ross y un disco de los Bee Gees que trajo Baby también de USA junto con el último pasito para bailarlo o alguna mini sesión de tap dance.
Alguna vez Sacoa.
Pescado, sopas, churrascos, asados. Olor a eucaliptos, de unos cacharrines que tenía Baby encima de las estufas. Mejillones y paseo obligado al puerto a comer cornalitos. El mejor puré de patatas que he comido alguna vez, que hacía miguel. Una casa de te en el bosque. Algún viaje más allá punta mogotes, camino a Miramar donde encontrábamos anémonas en las piedras y yo creía que me comerían el dedo.
En un par de semanas mis hijas se irán a pasar el fin de semana a la casa de Kath y las llevarán a pescar. Su casa, en el campo, frente a la montaña, con cerdos y gallinas y perros y una cabra.
Alguna vez lo dije, pero ellas están seguramente archivando eso, y dentro de 40 años formará ese entretejido de recuerdos donde nos retiramos a veces a disfrutar.
















