miércoles, 24 de octubre de 2007

Ayer a la mañana hablé con Lola. Me llamó y lo que iba a ser un llamado de cumpleaños, se transformó en un llamado kilométrico que empezó con su tarjeta y terminó con la mía. Hablamos de lo divino, lo perruno y lo humano. Del trabajo, de Petra, que la cabrona estuvo de vacaciones ahí. De su proyecto de ir a India. Del trabajo. De Yaco. De la vida y las ganas de vivirla.

Esta mañana me llamó Laura (Duhalde, en adelante laura D y mi hermana será laura H). Habíamos estado jugando al gato y al ratón por un par de días. Ella está con mucho trabajo, viajando, dando cursos, yendo, viniendo. Les va bien.

Laura está un poco descentrada. Dejó de fumar (laura sin cigarro en mano?). Quiere ir a buenos aires a ver a Santiago y a Gema. La distancia es espantosa. Se subirá al avión cuando Iberia se lo permita.

Casi al final de la conversación nos prometimos ir a un pueblo (cuantas veces lo hemos dicho? cuantas veces lo hemos hecho sin hacerlo?). El fantástico plan es un fin de semana solas, las dos, y ponernos hasta el culo de orujo, fumando como chimeneas. Y que reviente el planeta.
Y después volveremos a la normalidad. A la vida, a la mesura y al pequeño control descontrolado que tenemos cada una a nuestra forma. Lavativa y enjuague bucal para un fin de semana de excesos. Orujo y humo para el alma.

No se cuando lo haremos, pero se que lo haremos. En Patones de arriba o en pastrana, en Ensenada, Cuenca, Albacete o Lavallol. No importa.

Para hacerlo bien, tendría que tener escenografía castellana, con cigüeñas y ovejas, piedra y castillos en ruinas y campo (siempre me hace gracia el que dice "ah... no... yo no viviría en Europa porque está todo amontonado, no hay campos y bosques, y cultivan hasta el borde de la carretera").
No sería lo mismo en tarifa, que además, hace demasiado calor y el orujo y el calor no se llevan bien. y para recitar a Jorge Manrique, hay que estar cerca de castilla.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Casi al final de la conversaci'on me dio por llorar.

No hubo detonante del llanto. Un te quiero mucho, o un te echo tanto de menos es suficiente a veces.

A mi me dio porque echaba de menos. Echaba de menos Madrid, en el teléfono, de pié en Australia. Y a Laura en particular, en ese momento, con quién quise estar tirada en el sofá, como tantas otras veces, con mi cabeza en su regazo, ella acariciándome el pelo, y yo babeando de placer, mientras nos reíamos de quién sabe que. Esa imagen, prendida en mi memoria, que ya no existe. Ese recuerdo también incluye a mi ex marido, y no lo quiero como parte de mi hoy. Ese recuerdo no incluye ni a Douglas ni a las chiquis. Y los quiero conmigo.

Lloré también por la fragilidad. Por Gema y Santi que lo están pasando de puta pena. Lloré por lo que importa. Y lo que no.

Hace dos años y pico anna estuvo con una semana de vómitos y diarrea. Y me acuerdo como si fuera hoy. Estaba yo sentada delante del pc, era temprano por la mañana, yo estaba muy embarazada de Olivia, y se cayó al suelo en una convulsión y luego la convulsión cesó y yo pensé que había muerto, porque no podía verla respirar. Douglas ya estaba ahí, y al ser él epiléptico, supo exactamente lo que hacer. Mientras yo estaba al teléfono pidiendo una ambulancia, Doug llevó a anna a la cama y la ambulancia llegó casi cuando yo estaba dejando el teléfono.

Ese momento, cuando ella cayó al suelo, se le giraron los deditos de la mano y los pies se le torcieron para adentro, y luego que pasó al ritmo respiratorio sumamente bajo fue, creo yo, el peor momento de mi vida. Las cosas se alejaron. Se alejó el sonido, desapareció el olor, la voz en mi cabeza era un grito, no sentí nada. Estaba vacía. Era pánico en estado puro. Ese día cambió mi vida para siempre. Uno siempre aprende rapidito rapidito a priorizar. Eso no quiere decir que no me olvide de vez en cuando, y que puteé porque se quemó el arroz o porque una de las bandidas me dibujó una pared, pero a partir de ese día, me importó un carajo lo superfluo.

El otro día alguien dijo ¨quita los codos de la mesa¨. Y otro dijo "hay que enseñarles a los niños a que no pongan los codos en la mesa". Y yo digo... a quién carajo le importan los codos en la mesa? hace alguna diferencia? O es que cuando vamos todos a comer con el rey tenemos que tener buenas maneras? Pero si yo, lo único que quiero, es comer con la gente a la que quiero. Y esa gente, donde yo ponga los codos, se lo pasa por ahí mismito.

A mi a veces me hace bien llorar. Y es bueno. Casi tan bueno como reír. Emocionarse por echar en falta a alguien. Recordar que es lo importante. Aunque en general, se aprende a los cachetazos.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte

Vista desde el Hotel Alcor, Tom Schweich 2001
Ancha es Castilla...

No hay comentarios: