martes, 31 de octubre de 2006

Trasplante de cerebro...

Para mi último cumple Doug me regaló un fin de semana en la playa.
Después de tanta pintura, y remodelación, realmente esperaba este fin de semana como agua bendita (dicho realmente ridículo, porque yo no espero agua bendita de ninguna manera).

Y llegó.

El sábado por la mañana fuimos a un par de garage sales, compramos muebles para la casa de muñecas que le habíamos comprado a Anna un par de semanas atrás para Navidad, y una pila enorme de libros para las chicas por $1. Empacamos, y nos fuimos a la playa.

El chalet divino, super equipado, limpio limpísimo, nuevo, a 100 metros de la playa. De hecho tiene un salón con puertas ventanas que dan a un deck, y lo único que ves es el mar. Super. Además, el complejo es el paraíso del “grupo familiar” porque podés soltar a las bestias y corretean, y vos tranqui. Y tienen una hermosísima piscina, playground, parrillas individuales, horno, microondas, nevera, aire acondicionado y 2 habitaciones, una en suite.

Anna odia(ba) el mar. Así que cada vez que vamos a la playa es un misterio.
Pisaremos el agua o no pisaremos el agua?.

No tiene problemas si no hay viento, pero si hay viento, le agarra un telele y se quiere ir. Y esto es un gran avance, porque mis padres y nosotros NUNCA vamos a olvidar unas vacaciones en unas islitas paradisíacas, justo frente a casa, donde Anna puso un pie en el barco y empezó a gritar, y dejó de gritar cuando tenía el mar a 30 metros (que parecía ser la distancia de seguridad). Así que este fin de semana, teníamos la alternativa de la piscina, por si la enana tenía un yuyu.

Amagó los primeros 10 minutos con hacer crisis de playa, pero como Olivia salió disparada al agua, y se sentó en una especie de lagunita que se había formado, la otra no pudo ser menos, y no pararon de jugar y corretear.


Anna decidió que el chalet es nuestra CASA DE VERANO y hoy en la guardería les decía a las maestras que el fin de semana había estado en su “casa de vacaciones”. Que en el fondo no deja de ser cierto, porque en tanto y en cuanto pagues religiosamente la estadía podríamos usarla los 365 días del año. Así que, es o no nuestra casa? A todos los efectos, Anna tiene razón.

Olivia es playera por naturaleza. Hay chicos que la playa les entra a fuerza de costumbre (Anna). Hay otros, como Olivia, que la playa es el lugar donde deben haber estado en su anterior vida. Era guarda vidas o cangrejo, una de dos.

El domingo por la tarde nos fuimos a mirar casas.
Como no.

Cada vez que piso la playa por más de 10 horas, quiero irme a vivir ahí. Después entramos en razón y decidimos que no, que para que, que no merece la pena, que Doug tendría que conducir 35 minutos para ir al trabajo (que para cualquiera no es nada, pero acostumbrado a 5 minutos ida y 5 vuelta, media hora es una eternidad).
Había viento, el mar estaba picado. A Olivia no le hubiera importado en lo más mínimo pero estaba muy por encima del nivel que Anna puede llegar a soportar. Así que el paseo fue una opción.

Ibamos de Yeppoon a Emu Park, por la carretera de la costa. El tráfico bastante pesado (por supuesto, para lo que acá se considera). El camino serpenteante, precioso, con todas las playas al borde, el mar azul azul, y de repente, de la nada, en una especie de curva aparece un coche frente a nosotros, en nuestro carril, que estaba adelantando a un4x4.

Adelantando mal. Muuuuuuuuuy justo.

El pibe era un idiota trastornado, y evidentemente estaban jugando a una especie de ruleta rusa, o iban al hospital a recibir un trasplante de cerebro, porque casi chocamos. El acompañante se burlaba de nosotros, poniendo cara de espanto. Doug no tenía mucha opción, porque por el otro carril había un montón de coches, asi que clavó los frenos. Las chicas estaban atrás atadas, pero a la velocidad que venía (es una carretera de 90 km y nosotros vendríamos a 80km y el pibe a 100) no hay cinturón o airbag que valga. Cuando el coche entró en su carril nosotros seguíamos frenando.
Y asi casi nos matamos. Casi, porque no paso nada. Pero si pasó. Pasó todo, pero no pasó nada.

Son esos momentos, que uno sabe que la muerte estaba ahí pero que no tenía que ser. Pero estaba, y Doug y yo la vimos. Montada en un coche. Y casi nos lleva a todos. A mis nenas, tan chiquitas y hermosas, y a nosotros. Y uno valora, por un rato, más todo. Pone las cosas en orden, aprecia lo que hay que apreciar, deshecha lo que no sirve, hace un rápido recorrido por las prioridades, la casa, la pintura, casi muertos, ese armario de la cocina que no cierra bien... casi muertos... el techista que puso un pie en el techo... casi muertos... y asi todo. Después se pasa y uno vuelve a la misma idiotez de todos los días, pero de vez en cuando, un susto como ese pone las cosas en orden.

Deseé la muerte del conductor y su acompañante. Deseé que no murieran pero quedaran paralíticos. Deseé que fueran a la carcel. Deseé pestes cayendo sobre ellos. Y todo lo malo del mundo. Y sé que no van a vivir por mucho tiempo, porque no hay tanta suerte en una vida como para evitarles que un día, se pongan el coche del otro carril de sombrero. Claro que cuando pienso eso, tengo que inmediatamente dejar de desearles el mal, porque el coche del otro carril puedo ser yo.

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