
estaba hoy sentada con las chicas en la ducha, y les digo...
-les voy a dar un pececillo a cada una.
Y las dos juntaron las manos y les di un pez imaginario.
YO: - Ah! le veo la cola rosa! y al otro una aletita rosa! (y las dos estaban muy contentas mirando su pececillo imaginario)
-les voy a dar un pececillo a cada una.
Y las dos juntaron las manos y les di un pez imaginario.
YO: - Ah! le veo la cola rosa! y al otro una aletita rosa! (y las dos estaban muy contentas mirando su pececillo imaginario)
OLIVIA: - Uuuuh mami, se cayó y se fue por el desagote...
ANNA: - el mío también, el mío tambien.
YO (que vi nemo así que estaba preparada): - ah... no pasa nada... el desagote va al océano! (en mi cabeza resonaba la voz de Gill del doblaje mejicano de la versión que tengo en casa)
ANNA (con lágrimas en los ojos): - ahora va a estar el pobre pececito solo en el océano enorme, y se lo va a comer un tiburón o una ballena!.
YO: - Anna, si se van otra vez por el desagote, te doy otros dos y todo arreglado
ANNA: - ¿tenés más por si se me escapan estos también? creo que voy a dejar ir a estos para que se encuentren con su hermano. sino estarán taaaaaan tristes
es como una telenovela esta nena.
3 comentarios:
(…)
Hace un par de meses, nada más, ha muerto su otro abuelo y la muerte es un asunto del que no puede despegarse. La semana pasada escribió su primer cuento, una historia de pájaros felices que, de repente, se quedan sin comida y deciden comerse a sus hijos. Pero termina bien, me asegura mientras lo estoy leyendo y le digo que es un poco triste. Y es cierto lo que me dice, el cuento termina bien, concluye con la pareja de pájaros volando hacia el sur en un intento casi desesperado de encontrar algún horizonte en donde haya comida como para no tener que comerse a los nuevos hijos que, seguramente, van a ir naciendo en el camino.
No puede despegarse de la muerte, mi hijo.
Aunque, y a pesar de que a la vicedirectora de su colegio no le haya gustado o haya interpretado cuestiones familiares más fáciles, me da toda la impresión de que el cuento se está refiriendo a otros asuntos que le dan vueltas por la cabeza en estos días. A él y a todos. Me parece que se trata, también de un cuento sobre la patria.
La patria.
Siempre la patria.
Papá
Federico Jeanmaire
Primera edición: Sudamericana, 2003
Hoy le doy un beso a anna y me abraza fuerte y me dice:
- cuando seamos viejas nos vamos a morir, pero para eso falta mucho mucho.
le digo...
- si anna, falta mucho
y me contesta, alegremente
- como 41 dias, no mami?
Mañana de invierno. El semáforo contenía a mi padre en la hora más hermosa de sol. Era de regreso sin mis tíos, a quienes habíamos ido a buscar para invitarlos a un asado. Desde el asiento del acompañante y con la visera de una gorrita escocesa bien sobre las cejas yo miraba el resplandor que consumía la avenida. Callado y pensativo, me acuerdo.
Andaba imaginando. Al menos ésa es la sensación que me queda de aquel domingo. La sensación de no tiempo.
Me acuerdo de Hipólito abrazado entre sus manos a una cosa que yo no alcanzaba a descubrir. Vino hasta el auto a despedirnos y rogaba a mi padre que lo disculpase, que el domingo siguiente Elvira y él vendrían a comer un asado con nosotros, pero que mi padre no se tomara la molestia nuevamente de ir a buscarlos, que Elvira y él podían viajar en el colectivo. Mil disculpas bajo el sol que me cegaba. Tanta luminosidad descendiendo de la pequeña cosa, envuelta en fajas y mantillas por debajo de aquellos brazos de mi tío Hipólito.
Nada entre la blanca despedida y la señal roja, en el trayecto breve, con el sol consumiendo las calles y poniendo cero de colores. Mantillas que no recuerdo, puesto que las acabo de inventar. También acabo de inventar la señal roja, el único color del afuera del auto, ya que sólo tengo memoria del niño que yo era, deslumbrado por la luz como si acabara de nacer o regresara de un mundo lejano y se le hiciera doloroso.
Las personas no avanzaron con el indicador de paso, no empezaron a cruzar la avenida. La gente, a decir verdad, era un hombre solo que se quedó detenido en el cordón. Mi mente sabía que el hombre se pondría en movimiento, pero no había nada en el cordón que mostrara movimiento. Si la evocación no me engaña. Porque, es posible que mis pequeños ojos de entonces no mirasen por los vidrios laterales ningún cordón, todavía. Que las personas hubieran empezado a cruzar, y que a mí no me importara que lo hicieran. Sombras que yo abandonaba a través del cristal cuando la mano de mi padre tironeó, con sus dedos, de la visera que me limitaba la frente. Para sacarme de mi ensimismamiento. Luego, su mano me dejó.
Yo estaba separado de todo.
Pensaba en Merlo. De pronto se me ocurrió que mi compañerita del hospital de agudos podía estar muerta. Me pareció muy doloroso. Sería terrible que yo ahora grite de pena, me dije. Era necesario que ahogase el grito. Hice un esfuerzo por desviar esas ideas. Oía mi corazón; no podía concebir que los latidos que me acompañaban pudieran cesar algún día. Me preocupaba cesar, morir yo por entero. Imaginé que saldría del angustioso trance con una pregunta.
Por qué vamos a morir, papá.
Porque nacimos, me respondió rápidamente.
El curso de la vida se volvió tan real y tan serio como el curso del sol.
Quise detenerlo.
Miré hacia mi costado y vi al hombre en la esquina. En el tiempo que el semáforo se abrió para mi padre yo me preguntaba si el hombre del cordón habría nacido. Nueva interrogación que, en un relámpago, pareció contener la esperanza de librarme de la muerte. Así imaginando, vi surgir ante mí la loca posibilidad de no haber nacido.
Investigaciones en masa
Inédito, 2007
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