
Necesito volver a acostumbrarme a escribir. En este momento, yo soy el planeta marte, algo así como el pibe de ¨forastero en tierra extraña”. ¿Cómo puede ser que me sienta extraña en mi sitio?. De escribir casi a diario pasé a una cosa tan de pascuas a ramos que ni me divierte.
Mis padres se acaban de marchar con Anna y Doug a la montaña a ver atardecer. Desde arriba se ve precioso. Olivia duerme, porque es un trasto y no quiso dormir la siesta, y yo estoy aquí sentada, interrumpida por mi suegra que telefonea y los perros que quieren comer.
Enresumiendo la pasada semana esto fue más o menos así.
Marchamos el martes para las playas coralinas. Antes de salir mi padre dijo “para viajar me pongo la camiseta roja” a lo que yo respondí riendo “el 'viaje' es de exactamente 35 minutos, así que te pongas lo que te pongas no hay tiempo de que se arrugue” (doble entrecomillado, Mr Lopez).
Llegamos a una casa que habíamos alquilado por tres días y era realmente magnífica. Tenía capacidad para 10 personas cómodas, lo que nos permitió jugar a lo que más nos gusta que es las esquinitas, y dormimos en todas las camas, excepto una, que era la de arriba y que me costó convencer a anna que no usara. La playa estaba a escasos 10 metros de la puerta, el salón con ventanas al mar, reposeras, tumbonas, sillas, mesas y un tobogán para las chicas. Del césped del jardín de la casa a la arena de la playa. Precioso.
Habremos llegado sobre las 10.30 am. Nos instalamos y bajamos a la playa. La marea estaba altísima por lo que nos quedaban unos 4 metros de playa para andar (con la marea baja, la playa tendría unos 40) caminamos a lo largo de la playa, intentando que Olivia no se metiera como kamikaze (no le tiene miedo a nada). Anna prudente, comenzó poniendo en remojo los dedos gordos.
Fuimos al centro, compramos un par de cosas que nos faltaban, hicimos sándwiches de jamón y tomate y comimos al lado del mar. Olivia se fue a dormir la siesta. Más tarde, nos fuimos a pasear otra vez a la playa, esta vez sin mi padre. La marea estaba bajando a pasos agigantados, y descubría rocas, muy bonito. Mamá y yo cuidando a las chicas. Mamá se dio vuelta para mirar a alguna de las enanas “que no se caigan!”. Ella iba dos pasos delante de mí. Y de repente vi un cuerpo cayendo como una bolsa de patatas. Cara primero, luego barriga, luego pelvis, piernas y vuelta a rebotar. Casi como una banana. Mi madre al suelo. Me agaché y ella se dio vuelta diciendo algo, que yo al principio pensé que era una risa, y después me di cuenta que decía “me rompí el brazo”. Fría como el acero y dura como el metal dijo “no pasa nada” y se quedó sentada sujetándose el brazo, que creía roto. Y a mi me decía “dame tiempo” y cosas como “ocupate de las chicas”. Yo me acercaba tipo revolver disparando ideas, del estilo de “llamo a la ambulancia” “que venga el ejercito”. Ella dice que yo descontrolo en crisis. Yo digo que ella se cree que controla pero que no engaña a nadie con su color blanco papel A4 y su rictus histérico.
Después de un rato se pudo levantar y volvimos a la casa. Yo fui a ver a la administración (largo de explicar) y la dueña de la casa en la que estábamos parando era una enfermera irlandesa. Por un momento se me cruzó la idea de estas enfermeras que andan matando gente... no se porqué. Divina, le dijo a mamá que no creía que fuera nada, pero que ya avisaba ella al hospital así nos esperaban. Allí fuimos, luego de discutir la estrategia.
La mejor opción, la más razonable, la única que podía considerarse era "Las chicas se quedan con papa y yo llevo a mamá". Por lógica y razonable fue descartada inmediatamente así que nos subimos todos al coche, al mejor estilo “little miss sunshine” y al hospital.
Le hicieron unas placas (en los hospitales nada es rápido, así que entre los datos, las variadas enfermeras, las placas y el médico se nos fue la tarde del primer día) y le dijeron... ala ala, a jugar al patio que esto no es nada. Dos aspirinas y va que chuta.

La idea de marcharnos de la casa para volver a esta casa me horrorizaba, aunque no tanto como la idea de empacar todo otra vez, de calzones a cebollas (porque nos llevamos un par de neveritas con comida, que a nosotros nos gusta comer casero!) pero mi horrorización (ya se que no existe) no era ni mucho menos comparable a la de mi madre, que con las piernas magulladas y el brazo sano trepó a un cocotero y mirando el mar gritaba “de aquí no me mueven”.
El resto de los días pasó muy agradablemente y sobre todo, sin ningún incidente. Alguna tos, movimiento de camas, anna con abuela, abuelo solo, yo con Olivia. Un dos tres YA! y cambiamos de cama. El único que no claudicó su queen size fue papá.
Volvimos a casa, paco y enzo contentísimos de vernos, douglas también pero yo creo que él hizo una especie de remembranza de sus veintitantos, y se la pasó mirando pelis y jugando con los perros. Me imagino lo extraño que debe ser no tener a las chicas alrededor.
Y ya casi está esto que se termina. EL TEMA es el peso de las maletas, si tenemos todos los regalitos para los chicos, qué es lo que mi madre va a tener que dejar porque ya está con sobrepeso, y qué es lo que, aún cuando las maletas revientan, va a agregar porque no puede con su genio.
Por alguna razón no tengo pena. No es que no me de pena que se vayan, y no es que no vaya a llorar el último día o el día anterior, (eso es de rigor) pero dada la situación económica y el crecimiento velocista de mis hijas, no tengo tan lejos ya el levantamiento de la veda viajera. Si no es la próxima navidad será un poco más tarde, pero dentro de no mucho ya podré poner los culitos de mis hijas en el avión sin temer que abran las puertas de emergencia o que aterroricen al pasaje saltando de silla en silla.
Por supuesto, temo la separación especialmente en lo referente a Anna, que se ha pegoteado muchísimo con mamá, pero ya veremos como va la gordi.
Van fotos. Brazo de mamá incluido.
volveré...
Mis padres se acaban de marchar con Anna y Doug a la montaña a ver atardecer. Desde arriba se ve precioso. Olivia duerme, porque es un trasto y no quiso dormir la siesta, y yo estoy aquí sentada, interrumpida por mi suegra que telefonea y los perros que quieren comer.
Enresumiendo la pasada semana esto fue más o menos así.
Marchamos el martes para las playas coralinas. Antes de salir mi padre dijo “para viajar me pongo la camiseta roja” a lo que yo respondí riendo “el 'viaje' es de exactamente 35 minutos, así que te pongas lo que te pongas no hay tiempo de que se arrugue” (doble entrecomillado, Mr Lopez).
Llegamos a una casa que habíamos alquilado por tres días y era realmente magnífica. Tenía capacidad para 10 personas cómodas, lo que nos permitió jugar a lo que más nos gusta que es las esquinitas, y dormimos en todas las camas, excepto una, que era la de arriba y que me costó convencer a anna que no usara. La playa estaba a escasos 10 metros de la puerta, el salón con ventanas al mar, reposeras, tumbonas, sillas, mesas y un tobogán para las chicas. Del césped del jardín de la casa a la arena de la playa. Precioso.
Habremos llegado sobre las 10.30 am. Nos instalamos y bajamos a la playa. La marea estaba altísima por lo que nos quedaban unos 4 metros de playa para andar (con la marea baja, la playa tendría unos 40) caminamos a lo largo de la playa, intentando que Olivia no se metiera como kamikaze (no le tiene miedo a nada). Anna prudente, comenzó poniendo en remojo los dedos gordos.
Fuimos al centro, compramos un par de cosas que nos faltaban, hicimos sándwiches de jamón y tomate y comimos al lado del mar. Olivia se fue a dormir la siesta. Más tarde, nos fuimos a pasear otra vez a la playa, esta vez sin mi padre. La marea estaba bajando a pasos agigantados, y descubría rocas, muy bonito. Mamá y yo cuidando a las chicas. Mamá se dio vuelta para mirar a alguna de las enanas “que no se caigan!”. Ella iba dos pasos delante de mí. Y de repente vi un cuerpo cayendo como una bolsa de patatas. Cara primero, luego barriga, luego pelvis, piernas y vuelta a rebotar. Casi como una banana. Mi madre al suelo. Me agaché y ella se dio vuelta diciendo algo, que yo al principio pensé que era una risa, y después me di cuenta que decía “me rompí el brazo”. Fría como el acero y dura como el metal dijo “no pasa nada” y se quedó sentada sujetándose el brazo, que creía roto. Y a mi me decía “dame tiempo” y cosas como “ocupate de las chicas”. Yo me acercaba tipo revolver disparando ideas, del estilo de “llamo a la ambulancia” “que venga el ejercito”. Ella dice que yo descontrolo en crisis. Yo digo que ella se cree que controla pero que no engaña a nadie con su color blanco papel A4 y su rictus histérico.
Después de un rato se pudo levantar y volvimos a la casa. Yo fui a ver a la administración (largo de explicar) y la dueña de la casa en la que estábamos parando era una enfermera irlandesa. Por un momento se me cruzó la idea de estas enfermeras que andan matando gente... no se porqué. Divina, le dijo a mamá que no creía que fuera nada, pero que ya avisaba ella al hospital así nos esperaban. Allí fuimos, luego de discutir la estrategia.
La mejor opción, la más razonable, la única que podía considerarse era "Las chicas se quedan con papa y yo llevo a mamá". Por lógica y razonable fue descartada inmediatamente así que nos subimos todos al coche, al mejor estilo “little miss sunshine” y al hospital.
Le hicieron unas placas (en los hospitales nada es rápido, así que entre los datos, las variadas enfermeras, las placas y el médico se nos fue la tarde del primer día) y le dijeron... ala ala, a jugar al patio que esto no es nada. Dos aspirinas y va que chuta.
La idea de marcharnos de la casa para volver a esta casa me horrorizaba, aunque no tanto como la idea de empacar todo otra vez, de calzones a cebollas (porque nos llevamos un par de neveritas con comida, que a nosotros nos gusta comer casero!) pero mi horrorización (ya se que no existe) no era ni mucho menos comparable a la de mi madre, que con las piernas magulladas y el brazo sano trepó a un cocotero y mirando el mar gritaba “de aquí no me mueven”.
El resto de los días pasó muy agradablemente y sobre todo, sin ningún incidente. Alguna tos, movimiento de camas, anna con abuela, abuelo solo, yo con Olivia. Un dos tres YA! y cambiamos de cama. El único que no claudicó su queen size fue papá.
Volvimos a casa, paco y enzo contentísimos de vernos, douglas también pero yo creo que él hizo una especie de remembranza de sus veintitantos, y se la pasó mirando pelis y jugando con los perros. Me imagino lo extraño que debe ser no tener a las chicas alrededor.
Y ya casi está esto que se termina. EL TEMA es el peso de las maletas, si tenemos todos los regalitos para los chicos, qué es lo que mi madre va a tener que dejar porque ya está con sobrepeso, y qué es lo que, aún cuando las maletas revientan, va a agregar porque no puede con su genio.
Por alguna razón no tengo pena. No es que no me de pena que se vayan, y no es que no vaya a llorar el último día o el día anterior, (eso es de rigor) pero dada la situación económica y el crecimiento velocista de mis hijas, no tengo tan lejos ya el levantamiento de la veda viajera. Si no es la próxima navidad será un poco más tarde, pero dentro de no mucho ya podré poner los culitos de mis hijas en el avión sin temer que abran las puertas de emergencia o que aterroricen al pasaje saltando de silla en silla.
Por supuesto, temo la separación especialmente en lo referente a Anna, que se ha pegoteado muchísimo con mamá, pero ya veremos como va la gordi.
Van fotos. Brazo de mamá incluido.
volveré...
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